Necesitaba tomar agua. No porque tuviera sed, sino por un estreñimiento que sentía en proceso. He descubierto, ya desde hace algunos años, que tomar grandes vasos con agua es el mejor remedio contra la constipación de vientre. Así que bajé a la cocina por el segundo vaso grande. Claudia, sintiendo que lo hacía, dejó sus guisos y se asomó al comedor.
-Mi vida, hay que comprar los foquitos a la lámpara nueva.
La lámpara, que iba en el comedor, tenía de instalada como cinco días, pero me había despreocupado de comprarle los seis pequeños focos que llevaba. Era una lámpara moderna y bonita. Pero yo no me fijé en ella, sino en mi mujer. En su bonita boca. En su cuerpecito de reina. Me le acerqué y la fui acorralando hacia la pared.
-Dame un beso mi bomboncito –le dije. Claudia estiró los labios para darme un piquito. Yo hice lo mismo, pero agregué:
-Dame un beso de verdad ¿Qué es que no hay cariño es esta casa?
-Si hay… Pero si te lo doy después tú quieres ir por lo otro. Y ahorita no quiero problemas contigo.
-¡Problemas! ¡Ahora se llaman problemas! ¡Cuando antes…! mejor no me hagas hablar.
-No tendrías nada que me lesione para decir –.Claudia se escabulló escapando hacia la cocina. La perseguí y la arrinconé de nuevo.
-No quiero nada, te lo juro –le dije. –Solo quiero un arrumaco.
Se me escapó hacia el fregadero. La seguí. Volvió a huir a la esquina anterior. Volví a confinarla, ahora cercadola con los brazos.
-¡A lo que hemos llegado! –dije, bufoneando –¡A tener que cazarte por un simple arrumaco!
-Se me va a quemar la torta de choclo –me dijo, un poco sonriendo, un poco ofuscada. Mientras miré el horno intentó escapar por un lado, pero bajé el brazo y se lo impedí. La tenía en mi poder. Honestamente yo solo había querido una simple garatusa. Pero entonces la excitación de la caza me había embriagado. Ahora quería otra cosa. De un sopetón… o no... más bien poco a poco. Convencerla de mi amor con mimos. Con súplicas de beso y sospechosa lengua. Empezaba a gestar mi loco amor en su boquita, después en su cuello.
-No, mi amor, se me quema la torta de choclo.
Estaba a un tris de vincularla al sacrificio. A ella y a su torta de choclo. Pero entonces se me avivó un aleteo en las entrañas. Por el primer vaso de agua que había tomado.
-¡Uyuyuy! –dije con urgencia, y tuve que salir corriendo, nada más.
-¡Te salvó la campana! –amenacé, maratoniando las escaleras -¡Pero ya verás!
A las mujeres siempre hay que estarlas persiguiendo –me dije de corrida al baño –.De una forma u otra.
Probando si aqui se pueden dejar comentarios
ResponderEliminarHola te vi en un blog cristiano y me pareció interesante las novelas cristianas.asi que te comencé a seguir date una vuelta por mi blog cristiano recién comence
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