“Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento; pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado... Primera de Pedro capítulo cuatro, versículo uno.
El sufrimiento emocional en el Espíritu es lo que se necesita.
Poner a "la carne" en el último nivel. Repudiarla. Humillarla, pasarla por encima una y otra vez. Expulsarla lejos de nuestro corazón.
El verdadero amor es todo lo contrario de lo que se cree. El amor, antes bien, va en contra de las emociones, y no vive conforme a ellas. Porque casi todas, la mayoría de nuestras emociones son contrapuestas y contradictorias. Hay dos tipos de amor en el mundo: El amor nuestro, carnal; y el amor de Dios, perfecto. Tenemos que buscar el amor de Dios, e ir dejando el nuestro, para que las cosas funcionen.
Mire cuan grande contraste tienen las emociones de nuestro amor: Un día amamos tanto que decidimos casarnos con alguien, firmar un contrato en el que cedemos a ese alguien la mitad de lo que tenemos y podremos llegar a tener en la vida. Y otro día odiamos tanto a esa persona que llegamos hasta el divorcio, y no nos importa perder esa mitad de lo nuestro con tal de alejarnos de tal persona.
Pero el verdadero amor es un poder que Dios nos puede dar para precisamente luchar contra las emociones y pasiones de nuestro propio amor.
Este poder del amor nos capacita, nos puede ir capacitando, según nuestra fe, en poder echar fuera nuestras pasiones y poner en práctica la “bondad”.
Es el poder para echar fuera el empuje de nuestras emociones, actuar en contra de ellas, y poner en práctica “las buenas acciones”, las acciones que dan solo bien a los demás, que los ayudan, que los deleitan, que los hacen sentir bien: Importantes, queridos (esposo-esposa-hijos)
Que el amor es contrario a las emociones del hombre lo vemos en la Biblia misma. He aquí una descripción del verdadero amor:
“El amor es sufrido… no tiene envidia (o sea, va en contra del sentimiento de la envidia), no se irrita (va en contra de la ira), no busca lo suyo (va en contra de la emoción del egoísmo), no guarda rencor (pelea en contra de la emoción del resentimiento). Todo lo sufre…” Primera a los Corintios capítulo trece.
El amor tiene que ver mucho con un sufrimiento dispuesto correctamente hacia nuestras emociones, hasta que el mal que hay en nosotros, que nos esté impidiendo actuar con bondad, sea sanado; una y otra vez. Este es el camino hacia el amor.
El amor no es una hipocresía, es una lucha cabalmente predispuesta contra “nuestra carne”, con el objeto de ir cada vez más apartándonos de ella.
La clave aquí es “padecer” en el Espíritu. El Espíritu es el que da el Poder para esta lucha. El que da la intuición y sabiduría para comprender y saber cómo entablar esta lucha ¿Quiere usted ese Espíritu de Poder para vencerse a sí mismo? Ore, que es lo mismo que hablar con Dios, en su léxico de siempre háblele a Dios e invite al Señor Jesucristo a entrar en su corazón. Sabe algo, dijo alguien una vez con mucho acierto “Dios es un caballero y nunca entra donde no lo invitan”. Lo que le ha faltado a su vida es eso: Invitar al Caballero a entrar en su corazón. Jesucristo está esperando a que usted lo invite a morar en la casa de su corazón porque Él lo ama a usted profundamente, así como me ama a mí también y me ha puesto a escribirle esto. Órele y dígale algo así (Él lo está escuchando ahora):
Señor, he vivido como he querido y nunca te he tenido en cuenta para nada. Y por eso mi vida está como está. He escuchado tantas veces que tú moriste en la cruz por mí. Y ahora deseo creerlo. Quiero pedirte por favor que perdones todos mis pecados, justamente aquellos por los que enviaste a tu hijo amado a morir de forma tan cruel. Ahora comprendo que lo hiciste por mí. Justamente para este día especial. Perdona mis pecados por favor, límpiame y dame un nuevo corazón. Un corazón de carne que pueda volver a sentir. Dame de tu Espíritu Santo prometido y dame de esa Vida abundante que prometiste. Entra en mi vida Señor Jesús. Te invito a que mores en ella desde hoy y para siempre… Amén.
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