Como a todo mortal me llegó el rato de mi ofrenda a la sentina general, por decirlo del mejor modo que se me ocurre ahora. Me hallaba sujeto a este moderno vehículo de las aguas servidas, en su inicio y receptáculo primario que es el inodoro; ante el que profeso, por cierto, una arrobada admiración, por su inventiva concepción, algo para mí desconocido hasta el día en que necesite meterle mano a uno de los de mi casa, con el ánimo de repararlo. Más que por no caer en manos de algún avivato que se hace llamar gasfitero, porque soy de los de talante investigativo-experimental. Cualidad que aunque me costara sistemáticas palizas en mi infancia no puedo dejar atrás. Y no es que tales ataques disciplinarios hallan causado en mi algún retardo, sino que me produjeron un estado de nerviosismo perenne que siempre trato de exorcizar haciendo cosas como esta, de dejar a punto el retrete, de desarmar alguna que otra cosilla en la casa. A mi mujer, por este motivo, la guié desde siempre a no querer convertirse en mi segunda madre ¡Por último compro otro, pues! Me le impuse desde el principio, cuando después de calmar el hormigueo de mi espíritu ella reclamaba por una licuadora que ya no contenía los líquidos, por ejemplo, pero que en cambio quedaba a conciencia limpia.
Pero bueno, la cuestión es que estaba yo donde dije, y entonces, estoy dichosamente inmerso en esta actividad de meditación obligada, con el periódico entre las manos como un cualquier parapeto en que nada leo, sino que pienso en algo extraordinario, cuando de pronto escucho que se me toca la puerta. Quien más que Claudia, mi mujer. Por el suave toc toc insuflado de demasiada cortesía sospecho que va a decirme algo con doble intención. Y así lo hace:
-¿Mi amorcito? ¿Estás con diarrea? –me pregunta en un tono de voz demasiado aguda, lo que confirma mi sospecha ¿Qué quería decirme con eso? Que me apurara, nada más claro. Que hasta para ir al baño era un demorado. O sea, que para ella, incluso este deber impostergable de la vida debía ser echo a todo pedal, como su costumbre es para casi todo. Pero yo no iba a dejar que se me perturbara en mi concentración y quieta espera. Así que con toda intención le respondí secamente:
-No. No tengo diarrea.
-Pero corazoncito, ya estoy lista.
-Sinceramente te felicito.
-Ay, mi cielo, que gracioso te me pones.
Iba a contestar algo grosero. Más que grosero, sarcástico, que tiene igual efecto pero conlleva la atenuada ejecución que deseaba mi alma en aquella situación desventajosa. Pero ya saben, no era lo correcto ante Dios, y tenía suficiente paciencia aún para contenerme. Así que me contuve, por puro amor a mi santísimo Padre. No dije una palabra más y esperé a que se quedara callada y abatida y que eso le enseñara a ser más paciente.
Ahora, la cosa aquí es la siguiente. Hubiera mejorado en algo gritarle: ¡Por Dios Santo! ¡Déjame en paz al menos el momento de bregar con estos espasmos que solo han de traerme miseria! O… decidir contenerme y no dar gusto a la lengua, ni cabida a la ira, me digo. Y me digo también que puede que actuar así sea una hipocresía. Y que por ende me arrastre al sarnoso pecado ¿O, si, se lo puede ver desde este otro punto de vista? : Yo amo a Dios, y por eso me contengo ¿Me librará esto de ser un hipócrita? Al final de cuentas lo que vale es la intención del corazón. Eso es lo que díjo el Señor. Más que lo hecho cuenta la intención que indujo a actuar ¿Eso es lo que Dios pesa, o no? Entonces… ¿Qué dijo a los fariseos? ¡Hipócritas! ¡Sepulcros blanqueados! Por fuera muy pintaditos y por dentro llenos de podredumbre, gusanos y huesos. Y entonces ¿Tú no querrás que el Señor te trate así en el más imperativo de los días, o si? Imagina que Él te diga en este día fundamental: ¡Apártate de mi hacedor de maldades! ¿Y tú? ¿Qué le dirías? ¡Pero Señor! ¡Si en tu nombre hice milagros! ¡Perdoné a mi suegra! ¡ Amé a su propia hija! ¿Y qué te diría Él? Lo hiciste con hipocresía, hijo ¿Qué te manda Dios? Amarlo antes que a esposa e hijos, que a padre y a madre, que a nada y a nadie, Mateo diez treinta y siete. Entonces a ver… ¿Porqué te contuviste? ¿Por amor a Dios o por evitar problemas con Claudia? Piénsalo. Mírate bien el corazón ¿Porqué fue…? Por evitarme problemas con ella. Por evitar que se me niegue en la noche… ¡Ah, que bien! ¡Bien reconocido! ¿Ahora viene…? ¿Qué…? Dígalo… ¡Dígalo…! Pedir perdón a Dios por ser hipócrita conmigo mismo ¡Muy bien, eso es! Adelante…
No hay comentarios:
Publicar un comentario