No quería decirlo, tal vez no me encuentre aún más que en una posición grosera para dar mi opinión, pero mucho me he estado preguntando y mucho me ha dado miedo quedar como un hereje revelando lo que pienso. Así que mejor lo escribo aquí por si halla en esto algo de verdad.
Para mí el matrimonio, visto a fondo, correlaciona en buena parte con el suicidio. Es un ardoroso y alucinado acto de inmolación voluntaria. A esto empuja la terrible potencia que nos va creciendo en el alma y la carne desde temprano en la vida. Y este fuego es nada menos que la mismísima definición del amor. Es lo que impelió a Cristo a la cruz. Porque amó de tal manera a su iglesia que murió por ella. Adrede ¿o no? ¡A ver quien me refuta eso! ¿Y asimismo es como Dios quiere que el hombre ame a su esposa? (Efesios cinco veinticinco) ¡Si es hasta romántico el Señor! “El que ama a su mujer a sí mismo se ama. Porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos” Suena todo muy bonito. Solo que revisado en el día a día presupone un total desmadramiento. A ver ¿digamos esto? ¿A quien se le ha hecho difícil sobrellevar esos momentos cuando después incluso de años de unión conyugal uno se sigue despertando en medio de la noche y mirando al techo se pregunta ¡Qué rayos hago aquí! Donde están mis viejos. Mi antigua vecina. Y de remate se encuentra uno con un soliloquio de ronquidos saliendo de una mujer que de pronto apenas parece conocerse ¡Es duro! El Señor dijo que lo imitáramos en todo ¿verdad? Él sufrió la cruz. A nosotros nos dejó el matrimonio. Si es usted soltero piénselo bien antes de casarse. A esto se resume todo lo que escribiré hoy. A persuadirlo de no cometer una locura. Sea quien sea. Bárbaro o escita. Mire, no hay en este mundo seres más disímiles que el hombre y la mujer. Tome mi propio ejemplo para entenderlo un poco. Mi amadísima viene en la noche y se acuesta a mi lado. Es la de mi beneplácito ¡Ojo! Mi rosa de Sarón. La que es lirio entre espinos. La del dulcísimo paladar. No bien se acuesta me dice, con esta dulzura que destila en su hablar:
-Póngase una película, mi cielo -.Es de los pocos seres en el mundo, pienso, que pide una película para desvanecerse como desmallada a los diez segundos de que la película empieza ¿Pero yo que hago? Me vuelvo un pelmazo. Mi gusto por el cine y el deseo por que a Claudia le agrade alguna vez aunque fuera una película en la vida, y se contente mirándola conmigo, me cortocircuita los fusibles de la cordura. Y entonces voy y busco la dichosa película. Me emociono. Como el verdadero tonto al que se engaña por enésima vez y ni aún así se le quita la esperanza. Tomo el disco del estante y lo pongo en el reproductor. La última vez pasó así: Me había yo empecinado en encontrar una película adecuada para mi afrodisíaca compañera, cuando la escuché conversar a una de sus amigas (habiendo empezado a poner atención a cada cosa que mi esposa decía, como me aconsejara el pastor Robert) que prefería las películas antiguas, basadas en novelas, de ser posible; ambientadas en escenarios asimismo inveterados. Y transcurridos varios días de esta búsqueda comprendí que no habría cinta mejor que “Las nieves del Kilimanjaro”, basada en el relato del bien conocido Ernest Hemingway, escritor de mi preferencia. Busqué el cd en el estante pensando que este día iba a ser solo de éxitos conyugales. De haber dado en el clavo y por esto siendo llamado de antemano a la alegría. Le dije entonces, sin poder echar del todo la incertidumbre de mi cuerpo:
-Esta película te va a encantar. Ya lo verás.
-¿Qué película es?
-Es una antigua. Buenísima. Te hace llorar de la emoción.
-De guerra ¿verdad?
-No, es de un relato de Hemingway. Es antigua.
-Si es Hemingway, es guerra. Y ese Hemingway a mi no me gusta. Tu lo sabes, mi cielito.
Me invadió una desilusión ofuscada.
¿Y entonces qué quieres?
-Hum… ¿Pónme Shrek…? Pero “la dos”
-Esa está en el otro cuarto –le mentí, por no darle el inverosímil gusto que pedía -¿No querrás que me levante a verla ahora, no?
-Entonces pon esa otra que compraste ayer. La estaba viendo un poquito. Parecía buena.
-¡En serio!
Puse inmediatamente el disco al que hacía referencia. En un principio la trama perecía interesante. Luego mi intuición cinéfila me dijo que iba a ser uno más de esos thriller manoseados y fofos. Tuvo que pasar casi nada para confirmarlo. Y entretanto, paralelo al hazañoso descubrimiento, en ese pequeño lapso de distracción, supe que lo había perdido todo. Porque mientras le echara de vez en cuando un vistazo a Claudia, le hablara dos o tres palabras sin referencia a la película, algo odioso de hacer para un hombre frente a su televisor, ella podría ir permaneciendo despierta. Pero entonces ya era demasiado tarde. La miré. Estaba dormida, habitualmente con la colcha subida hasta las narices.
Como para evitar la depresión, me dije, desapasionadamente, que de igual forma no tiraría al caño el costo del disco. Así que seguí detestándola conforme se hacía más evidente el desenlace. Pero tratar con las desilusiones haciendo como que nada pasa, no tiene mucho sentido. Se vuelven como el chirriar de un grillo escondido en el subconsciente, que no deja de fastidiar. Cuando recién pasan, con un poder que revuelve hasta en lo hormonal. A mi me había hecho sentir, esta última, un regurgitar en las glándulas sexuales. Algo como el estremecimiento del niño al que está a punto de descubrírsele la travesura. Sentía ese terremoto tras los genitales. Estiré muy despacio el brazo hacia Claudia y le bajé la frazada de las narices. Sus manitas volvieron a subirla como movidas por un resorte. Sentí que se me humedecía la frente, las sienes. Luego, con un dedo le empujé ligeramente el hombro y escondí la mano bajo la colcha. Tampoco hubo respuesta. Me arreciaba más el trepidar en la zona erógena. Tenía que despertarla. Aunque hablara solo incoherencias y cayera otra vez dormida. Tenía que despertarla y luego hacer como si desde hacía mucho la había olvidado mirando el televisor. Como si su despertar fuese todo obra del Señor. Intentando decirle que no debía abandonar a su marido en un tiempo que bien podrían compartir. Le puse tres dedos en la frente y dije –ruin, ruin –mientras le movía la cabeza de un lado a otro. La cabeza le rodó de la almohada. Me asusté, de pronto conciente de los alcances de mi maldad. Claudia inspiró muy fuerte, como ahogándose, y abrió los ojos como si con ello conseguía al fin escaparse del infierno.
-¡Mi amorcito, ese hombre todo suma! –declaró frenética.
-Ajá –le contesté con toda frialdad, mirando el televisor, diciéndome: Ya sabemos que esa parte fue lo único que viste.
-¡Y todo le da siempre veintitrés! –dijo más bien como verificando si el espacio que experimentaba era ciertamente de los vivos, si era de los muertos, o si en efecto era solo que había recobrado el conocimiento
-¿Por qué es eso mi vidita? –me vuelve a decir, algo más calmada.
-Porque él mismo lo acomoda así –le contesto, sin apartar mi vista de la luminiscencia diódica.
-¿Es como loco? ¿no?
-Ajá –le respondí. Esperé unos tres segundos y arrié un discurso furtivo hacia la nada; o más bien, hacia el televisor:
-Y tú también como una loca volverás a Morfeo ni bien yo acabe de decir esto –.No necesité mirarla, continué hablando sin desatender la pantalla.
-¡Y vagarás una y otra vez en ese mundo etéreo, mas nada sacarás de tus vagabundeos! –sacudí el índice hacia el televisor –Sin duda dominaré por entero sobre tu cuerpo aquí desmallado. Y serás mi esclava por el tiempo de tu fuga. De tu traición. Podré darme contigo todo tipo de licencias. Pongo en ejemplo esta –Con el índice y el pulgar le tapé la nariz unos segundos. Ya se que estuvo mal, pero no pude evitarlo. Claudia dio una sacudida inconciente de cabeza y se volteó hacia el otro lado de la cama.
-¿Te das cuenta? – seguí diciendo como un total desquiciado –Todo lo que quiera podré hacer en ti. Sin que mengüe el peso de la ley ninguna de mis libertades. Sin reclamo alguno de tus padres.